"No hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan". "Lo que le hagas a los demás te va a volver"
Y muchas otras frases, así. En cierta medida creo en el Karma, no en la cuestión ancestral y de otras vidas, pero si en los hechos cotidianos. El intento de ser mejor persona cada día, pensando que los buenos actos traen buenas consecuencias.
Pienso que también las malas consecuencias tienen que ver con malos actos. A veces, yo justifico los míos en la involuntad de cometerlos... No tengo mala intención, es la incapacidad de manejar ciertas cosas, etc, etc. Cuando me enfrento a algunas consecuencias de mis actos, a la importancia de lo que uno hace, a veces no puedo conmigo mismo y no sé si tengo que hacer algo para repararlo o no. Puedo apelar a ese encanto que aparentemente tengo y lograrlo, pero ¿cuánto tiempo más en nombre del cariño, la paciencia o la bondad, puedo seguir explotando mi parte cínica?.
Quisiera responder a todo eso, con mi más acertada atención, mi más infalible memoria, las palabras correctas y dejando de lado las incorrectas. Como vos lo hacés con tu más acertada atención, la más infalible memoria y las palabras exactas inclusive para darme consejos a expensas de lo que vos sentís o retarme por ser tan pavo.
No borraría nada de eso que está escrito porque si se ha escrito por algo fue... quisiera que todo eso fuera para mejor. Por vos y por mí, porque si funciona para vos, funciona para mi. Por ese asunto del karma, que te decía y que te repito hoy.
Sé lo que estar en ese lugar, y también entiendo lo que es estar en el mío. Pero yo nunca me excusaría a mi mismo, por ser así.
Espero que lo leas, chiquita y que esto haga un poco de justicia...
El naufragio me llevó a conocer la marea, La marea me hundió y acá me tiene. Cuando siento el amor de los duendes que creo, Cuando siento que acá están, y no lo veo. Cuando creo que el agua que me queda Está en un cactus lejos bajo la tierra. Cuando siento a la razón que me sopla, me ciega, Me pesa la brisa, me afana las ideas. Cuando veo el dolor de esta tierra, Mil almas me hunden en un cóctel de arena... Cuando se levanta el viento y veo lo que soy, Siento que me arrastran los bueyes... El mundo me acribillará, Los días, mal que mal ya pasarán, Las tardes que vivimos nunca volverán, Como una pintura nos iremos borrando... Una radio sin habla, un desierto sin fin, Una brújula, un camino que va a París. Una calle sin salida, un velero que naufraga, Un jardín de color, una moneda, una mentira. Una carta de tarot que me muestra la fortuna, Un país sin frontera, un ejército que huye. Una rosa rococó que me enseña mi abuela, Nunca la voy a ver antes de que muera. Una noche en la Puna, con la Luna, Una canción de cuna que me sube en el aire... El mundo me acribillará Los días, mal que mal ya pasarán Las tardes que vivimos nunca volverán Como una pintura nos iremos borrando...
En una sobremesa familiar luego de contarle a mi familia el triste fallecimiento de un familiar de una amiga apareció sorpresivamente una charla vinculada a dos sucesos que marcaron mi vida familiar muy fuertemente: la muerte de mi abuela paterna cuando tenía 15 años y la de mi abuelo materno unos 8 más tarde.
El primero de los sucesos fue una larga agonía. Mi abuela tuvo un pico de presión y quedó internada unos cuantos días esperando el deceso. A mi hermano y a mí nunca nos contaron eso y no fuimos al sanatorio sino hasta que evidentemente ya era inminente.
Recuerdo el gesto serio de mi papá, apoyado contra una pared mirando fijo el piso con las manos atrás de la espalda como si realmente hubiera estado solo el y ese mosaico que miraba. Como si en ese cuadrado de 15 x 15 hubiera habido alguna explicación. Que mi viejo no se percatara de la llegada de mi hermano y mía era un síntoma, muy grande. Recuerdo a mi prima menor, decirme por lo bajo: "saben desde el primer día que se va a morir". "Morir!" Nunca en mi vida había pensado en eso, nunca se había muerto nadie en mi vida... y fue en ese momento que mi abuelo y mi tío me dijeron que fuera a verla. Nada se parecía a la última imagen que tenía de ella y no la voy a describir ahora. Pero fue la última vez que la vi... Me pasé toda la noche al lado de mi papá que estaba a cargo de todo, yo estaba al lado de él para todo lo que necesitara, no dormí ni un segundo y lo escuché toda la noche y tal vez el resto de nuestras vidas hasta el día de hoy cantando: "So, hurry, gotoyourmamma.".
Muchos años después de eso, le conté, en esta sobremesa que la noche siguiente al fallecimiento de mi abuela, soñé con ella, que estaba en la puerta de su casa, con mi hermano, con mi prima menor. Me recuerdo a mi mismo sin poder entender nada, cruzar la calle corriendo y llegar hasta el hueco que había hecho debajo de su brazo izquierdo para mí, mientras me decía "No se preocupe m'hijo, que yo estoy bien". Les explicaba que ese suceso había alivianado mi espíritu y que a pesar de no creer en nada, creo en eso, eso pasó y fue muy real.
Cuando terminé de contar eso, mi hermano con los ojos enormes abiertos me mira y me dice "yo soñé lo mismo, con ella y con el abuelo...".
Mi historia con mi abuelo fue distinta. Mi abuelo decidió dejarse morir, se abandonó, pidió vivir en un geriátrico y poco a poco se fue deteriorando. Ese fue el año y medio que más cerca de el estuve, a pesar que nuestra relación siempre fue muy especial, yo era su nieto preferido.
Durante los últimos 6 meses de su vida, nos llamaron muchas veces diciéndonos que se había descompuesto, cada nuevo suceso nos sorprendía menos, por lo que íbamos más tranquilos pensando que era un nuevo episodio... pero el día del último, estaba yo solo, no teníamos celulares, mis viejos laburaban, mi hermano era chico. Yo también lo era...
Los paramédicos no podían inyectarle de tan débil que estaba, los capilares de las venas no resistían... yo le hablaba y no sé si el me oía. En la ambulancia me miró con cara de "no me quiero morir..." estiró la mano, yo llegué a agarrarla, apretó... abrió los ojos azules, infinitos... eternos desde ese momento...
El tipo que manejaba la ambulancia me dijo, con mucha delicadeza profesional:
"vas a tener que buscar una cocheríapibe..."
No recuerdo qué llamados hice, qué intenté, qué pedí... fue una de las veces que más solo me sentí en la vida... en una sala de espera de un sanatorio, donde nadie de daba cuenta que necesitaba ayuda... dos horas interminables... pero ahí me quedé... porque yo entendí ese día que mi abuelo había querido morirse conmigo. Me había elegido a mí... su preferido.
"Bueno Chancho, estuvimos haciendo una evaluación exhaustiva de sus antecedentes y sus capacidades y habilidades y creemos que es la persona ideal para el Banco. Bienvenido"
"¿¿¿Banco???!!!!" dije yo indignado! "Pero, por favor, yo nunca voy al banco, yo soy titular indiscutido, pssst, psssttt".
El golpe se escuchó muy fuerte detrás de la puerta. "Habrá tirado un velador el tano zarpado este" pensé.
El trabajo de intérprete, traductor, guía, amigo, compañero de salidas nocturnas, tenía cosas como estas pero se cobraba miles y miles de dólares/euros. Las ventajas de hablar 4 idiomas y tener 24 años y poder llevar una vida desordenada, abrieron esa puerta.
Pero este italiano era diferente, no era como el alemán. El alemán tomaba y tomaba, pero nunca se metía con nadie, cualquiera que se sentara a su mesa era bienvenido siempre y cuando estuviera dispuesto a escuchar sus interminables anécdotas viajeras alrededor del mundo y además pudiera resistir las rondas y rondas de ron que servía y pagaba.
El italiano era violento, era buscapleitos, y era un terrible cocainómano. La primer noche que me tocó llevarlo a cenar me explicó que el consumía y que tenía suficiente para todos, yo me excusé y no insistió pero me contó los mil y un trucos que utilizaba para llevar la merca de país en país. Según el la más eficiente era llevarla en las películas de los rollos de fotos porque el olfato de los perros no lo detectaba.
El italiano y el alemán tenían en común el gusto por el alcohol, los bolsillos forrados de euros y el gusto por las mujeres rosarinas... las prostitutas. Ambos además eran muy generosos.
El alemán a diferencia del italiano tenía más clase y nunca pero nunca pretendía que estuviéramos en el mismo lugar, al mismo tiempo... el entendía el concepto de intimidad y de privacidad.
El italiano, en cambio, me quería cerca todo el tiempo, puerta mediante y cuando terminaba de hacer lo que tenía que hacer, salía de la habitación en bata, fumando, tomando y me decía en italiano "chau, me voy a dormir, ahí te queda para vos". Yo siempre hacía lo mismo, agarraba los euros, le pagaba a la chica, y me guardaba lo que hubiera gastado yo.
Esa noche los ruidos de la habitación ya me inquietaban, hasta que se abrió la puerta y salió el italiano sin cigarrillo, sin whisky y quejándose en italiano "esta puta no entiende nada, le hablo y no me entiende, me voy a la mierda, hacé lo que quieras".
Y se fué.
Me acerqué a la habitación y ella estaba de espaldas. Me dijo "dale, vení vos ahora". Le dije que se vistiera que le pedía un taxi, que yo no quería hacer nada y salí de la habitación.
Cuando apareció vi que era más chica que yo, que tenía el pelo largo y morocho, la boca roja parecía dibujada, la nariz chiquita, la piel blanca muy blanca... los ojos grises, tristes, chiquitos, como hundidos en la cara... y un moretón enorme...
"Me pegó porque no quería tomar cocaína, ese tano hijo de puta" y lloró...
Apenas sentí el ruido me di vuelta y pude ver al coche inevitablemente fuera de control venir en mi dirección, solo atiné a cerrar los ojos y ofrecer mis manos como freno a la inmensa masa de hierros. Escuché también el golpe en la pared y entendí que no había sido embestido, pero cuando abrí los ojos vi la moto, no terminaba de salir de mi shock cuando entraba en otro. Vi el arma y escuché los dos disparos que pegaron ambos en la puerta trasera izquierda del auto estampado contra la pared. El que estaba adentro soltó el maletín al grito de "ya está, tomá, ya está". Uno de los de la moto lo agarró y se acomodó el casco.
Pero antes de arrancar se tomó un segundo para mirar alrededor y ahí estaba yo, aún paralizado y no pudiendo sacar mi vista de lo que estaba sucediendo. El tipo armado me miró fijo, vi sus ojos adentro del casco, ojos negros e inyectados de sangre, nunca saqué la mirada de sus ojos. Mantuvo la pistola hacia mi unos segundos, yo desvié la mirada al orificio de donde saldría la bala.
Habrán sido 5 segundos y mil cosas pude pensar aunque ahora no recuerdo ninguna. El que conducía decidió por todos mi propia suerte. Arrancó y el tiro salió para cualquier lado.
Agotado, me senté en el piso un rato largo y me tapé la cara con las manos. Eso había pasado y me había pasado a mi. Recién.